Hay historias que no nacen de grandes estrategias, sino de la sensibilidad de mirar a los demás con humanidad.

En el Shopping del Siglo, cada una de estas acciones nació así: de la convicción de que la inclusión se construye con gestos simples, con manos que acompañan y con espacios que se abren para que todos puedan mostrarse tal como son. Estas experiencias nos recordaron que cuando una comunidad se compromete, las diferencias no separan: transforman.

Pequeños gestos que cambian mirada

Hace algunos años, con motivo del Día del Síndrome de Down, pensamos en una acción que permitiera ofrecer una experiencia diferente: que personas con discapacidad pudieran vivir un día como “vendedores” en el Shopping del Siglo. Con ese propósito convocamos a distintas ONG y fundaciones para trabajar en conjunto. Una vez acordado el enfoque y la metodología de la jornada, invitamos a los locales del centro comercial a sumarse a la iniciativa. La respuesta superó nuestras expectativas: más de 40 locales participaron, abriendo sus puertas y su disposición para compartir esta experiencia transformadora.

Preparación y elección de puestos

 La experiencia comenzó algunos días antes del evento principal. Los jóvenes visitaron el shopping, recorrieron cada local inscripto y conversaron con los equipos que los recibirían. Les explicamos cómo era el funcionamiento diario y qué actividades podrían realizar. Para finalizar ese encuentro, nos reunimos en un espacio común para que fueran ellos mismos quienes eligieran en qué local querían trabajar. Algunas decisiones fueron inmediatas y otras requirieron charlas y acuerdos, pero todo se desarrolló en un clima de respeto, escucha y empatía que nos sorprendió gratamente. En pocos minutos ya habían definido por consenso dónde se desempeñaría cada uno. Compartimos una merienda y se retiraron felices y entusiasmados por la experiencia que vivirían una semana después.

La Experiencia como vendedores

Cuando llegó el día, cada joven se presentó puntualmente en el local asignado. Los equipos los recibieron con enorme calidez —en muchos casos con desayunos, regalos y gestos de cariño— y les enseñaron cómo transcurría una jornada laboral típica. Habían preparado credenciales, uniformes y los integraron como un miembro más del staff. Aprendieron a doblar prendas, colaborar con el orden del local, asistir en la atención al público, llevar pedidos en los espacios gastronómicos e incluso algunos se animaron a entablar diálogos con clientes, acompañados por el personal. La jornada se desarrolló en un ambiente de auténtica inclusión, donde la empatía y la buena energía fluían de manera natural. La presencia de los jóvenes transformó el clima laboral: se notaban las sonrisas, la predisposición y el entusiasmo tanto en ellos como en los equipos que los acompañaron. El impacto fue tal que, al finalizar la acción, cuatro jóvenes fueron incorporados de manera estable en dos locales gastronómicos. La experiencia dejó de ser simbólica para convertirse en una oportunidad concreta de empleo.

El valor de crear y compartir 

En otra oportunidad, junto a la Distribuidora Cuneo —liderada por el Sr. Gustavo Cuneo— impulsamos una nueva acción para fomentar la inclusión laboral en fechas navideñas. En esta oportunidad convocamos a APPLIR, una ONG integrada por madres, padres y profesionales dedicados a potenciar las habilidades de personas con discapacidad intelectual. La propuesta consistió en que los jóvenes vendieran estuches navideños pintados a mano, que contenían productos de ARCOR donados por la Distribuidora Cuneo. Se instaló un stand donde se exhibían los estuches y los jóvenes eran los encargados de promocionarlos y atender a los clientes. Con la supervisión de equipos de la Distribuidora Cuneo y del Shopping del Siglo, recibieron capacitación sobre venta, atención, organización del stock e incluso manejo del dinero. Además de vender, debían preparar las cajas, controlar los distintos tipos de estuches disponibles y organizar la reposición. La jornada se extendía durante el horario comercial del shopping —12 horas—, por lo que también debieron organizarse en turnos y cubrir los momentos de mayor demanda. Aunque estábamos presentes para asistirlos, en la mayoría de las situaciones fueron ellos mismos quienes se ocuparon de administrar el emprendimiento con gran responsabilidad. Al finalizar, cada joven recibió su pago por la tarea realizada.

Reflexión final

Cada una de estas acciones nos recordó algo profundo: la inclusión no se construye con discursos, sino con oportunidades reales. Se logra cuando dejamos de ver la discapacidad como una diferencia limitante y empezamos a reconocer el enorme potencial que cada persona tiene para ofrecer.

Incluir es abrir un espacio. Es escuchar, es confiar, es dar lugar a que otros desplieguen lo que son. Es reconocer valor donde muchos no miran. Es permitir que una persona pueda mostrarse tal como es. Es entender que la discapacidad no define límites, sino posibilidades que surgen cuando encuentran oportunidades reales.

Cuando trabajamos con el corazón, las barreras se desvanecen, las miradas se transforman y la sociedad se vuelve un poco más justa. Estas experiencias nos demostraron que la inclusión no es un gesto extraordinario: es una posibilidad cotidiana que empieza con una simple decisión de involucrarnos. Porque la inclusión no es un objetivo lejano: es un acto de amor que se hace visible en cada acción concreta. Y cuando se trabaja desde el corazón, la inclusión siempre ocurre.

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